“La soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo.”

Gustavo Adolfo Bécquer

A los setenta y siete años de vida, doña María Natividad Sánchez asistió por primera vez a un concierto de la Orquesta Sinfónica de Cuenca (OSC). Coincidencialmente, el viernes 8 de septiembre, día de Santa Natividad, la OSC presentó su primer concierto de temporada en la iglesia Matriz de Girón.


La comadre Naty, como le llaman sus amigos de la agrupación Leoquina Cultural que en el reciente mes de febrero la hicieron “Comadre del Carnaval 2023” de una guagua de pan, la llevaron a este evento libre, desarrollado en Girón con motivo del pregón de las fiestas del Señor de Girón.


Extrañada, quizá nerviosa, con curiosidad observa al numeroso grupo de músicos con instrumentos tan diversos y dentro de la iglesia, a la cual, el personaje del relato había asistido tan solo a misas de fiesta o difuntos. ¿Le gustó doña Naty?… una sonrisa, de esas que no dejan duda de la sinceridad acompaña a un “si, bonito estaba”.


Luego del espectáculo, en Cachiloma el festejo continuó con una parrillada, conversas, chismes, recuerdos, risas y luego de un brindis… ¡explotó! todo ese dolor acumulado de años que produce la soledad y, a veces, palabras que le han dicho y herido sin darse cuenta. “La vida mía ha sido amarga, ¿qué hago si me enfermo?”


Cinco perros son su compañía. Enviudó en el año 2020, desde allí continuó el trabajo sola confeccionando canastas de carrizo. Al momento tiene un contrato grande, son 110 canastas para uno de los priostes de la fiesta del señor de Girón, por lo cual recibirá tres dólares por cada una de ellas.


De sol a sol trabaja sola para cumplir el compromiso, con frecuencia recurre a medicinas para aliviar su dolor de espalda. Alguien, -según dice- le ha propuesto que las canastas regale porque son para el “Señor de Girón”… con un gesto irónico y molesta se contesta, y yo, que como y que doy de comer a mis perros.


“Claro diosito trabajo, pero no es plata para guardar” dice, en ese instante dirige su mirada a una de sus mascotas que por el frío de la noche busca su regazo. “Bendito mi dios que me ha dado este oficio para yo mantenerme, quizás mi dios ya me lleve pronto para no estar sufriendo” exclama sollozante.


Vive agradecida con mucha gente que llega a visitarle “con cualquier cosita” y a comprar los productos. En su recuerdo tiene impregnado el gesto de los “Achiritas”, que le construyeron la vivienda, allí tiene su altar para rezar. “A la hora de la muerte ¿Qué llevamos?… allí se queda todo”, se responde.


Con lo que vende reúne dinero para comprar la materia prima, compra a 60 dólares los 500 carrizos y aveces no tiene, además adquiere maíz para las gallinas, algunos alimentos y más cosas para el hogar. La barriga mía nadie está viendo, a veces como lo que “preparo” para los perros, asegura.


Sus manos arrugadas y rudas con huellas de la manipulación del carrizo, acarician al perro pequeño y sumiso, mientras alejan al otro, al inquieto y fastidioso que no le deja comer tranquila. A la semana alcanza a hacer una docena de canastas. A partir del día de su santo, le quedaban tres semanas para cumplir el contrato y poder cobrar los 230 dólares restantes, los cien de anticipo se acabaron pronto en sus necesidades.


Para alejar la nostalgia que ya ha contagiado a todos, se escucha aquel tradicional sanjuanito “La Chicha de la Santa” de la mítica agrupación Las Campesinitas, música que en estás fechas especiales, eran muy solicitadas en las estaciones de radio para los mensajes musicales. La santa baila y festeja, la melancolía se aleja por un instante.
Llega la hora de la despedida, agradece por el festejo, pero en su mente está el regreso a su realidad, “con mi finado éramos dos, ahora soy sola con mis perros”.

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