A finales marzo de 2022, Juan Carlos Loja tuvo solos unos segundos para decirse que estaba por despegar desde Filadelfia hacia Watertown; que él iba a conducir, por primera vez, un jet ERJ-145; que a su cargo estaban 50 pasajeros.

Juan solo tuvo unos segundos para decirse que estaba por cumplir algo que nunca se había imaginado.

Juan Carlos Loja es cuencano, pero dejó la ciudad hace más de 25 años, cuando terminó el tercer curso en La Salle para trasladarse hacia New York. Por aquel entonces no tenía idea de lo que estaba por venir en su carrera profesional.

El no saber se debía a que tenía otros planes. Al terminar el colegio en Estados Unidos, en la universidad estudió relaciones internacionales. Su meta era trabajar en algún consulado.

Pero, desde un principio en los empleos que consiguió en medio de sus estudios superiores, todo fue diferente. Empezó trabajando en McDonald’s, como lavaplatos. Allí duró dos días. Luego trabajó puliendo oro, junto con su padre. Duró un mes.

Al final, a dos cuadras del Empire State Building, encontró un trabajo en el que tenía que parquear los carros de personajes pudientes. A Juan le fue bien, por un tiempo, porque lo trasladaron a otra zona, y allí los réditos disminuyeron.

“Encontré otro trabajo recogiendo platos en un restaurante, y en eso, un amigo me dijo que había vacantes en la NAVY. A mí siempre me había llamado la atención la aviación, entonces hablé con reclutador y entré como mecánico de aviación”, dijo Juan a diario El Mercurio.

Era 1998 cuando Juan entró a la NAVY, la marina de Estados Unidos. Desde los barcos, él miraba como aquellos aviones que se ven en la película Top Gun despegan y aterrizaban, y entonces se dijo que quería hacer lo mismo.

En el 2001 buscó que la NAVY lo considerara para que curse en la escuela de pilotos. Las primeras pruebas que rindió habían ido bien, hasta que llegó el examen visual. Un capitán le dijo que había el peligro de que su retina se desprendiera de su ojo, y que no había posibilidad de que él se convierta en piloto de avión.

“Ni modo me dije yo. Continué con mi vida. Estuve ocho años en la NAVY y luego entré a trabajar como reclutador de estudiantes en Jacksonville, en Florida, por 11 años. Me fue súper bien. En todo eso conocí a un muchacho quiteño que tenía un avión y me invitó a volar”, contó Juan.

Esa invitación volvería a traer a Juan el deseo por agarrar un avión y hacerlo volar.

Hacia la profesionalización

En un aeropuerto pequeñito, Juan tuvo contacto con la avioneta de su amigo de Quito. Juan le contó su experiencia en la NAVY y también le narró cuando le negaron el pase a la escuela de pilotos.

“Mi amigo me recomendó que vaya a otro médico, a un médico de aviación, y él me dijo que yo no tenía ningún problema, y me entregó un certificado que me avalaba que yo podía volar”, recordó el cuencano, que corrió hacia una escuela de pilotos.

Sin embargo, el precio para convertirse en un piloto era caro: 50.000 dólares. Entonces Juan optó por alquilar avionetas, volar con pilotos experimentados, y sumar sus primeras 40 horas para obtener la licencia de piloto privado.

Juan reconoce que, al principio, el volar era un hobby. Pero, conforme ganó horas, pensó ya en los aviones más grandes, esos que iban a otras ciudades, a otros países. Para ello necesitaba 1.500 horas.

Su estrategia para ganar todo ese número de horas fue convertirse en instructor en el 2019. Además de sumar experiencias ganaba dinero. Para el 2021 ya tenía los requisitos que solicitan las compañías de aviación.

Sirviendo a pasajeros

Con la llegada de la pandemia a Estados Unidos, las contrataciones como instructor disminuyeron, por lo que Juan entró a trabajar en una empresa dedicada a comprar productos en supermercados para entregarlos a las personas que no querían salir de sus casas por miedo a contagiarse con COVID.

La emergencia sanitaria también provocó, según Juan, que docenas de pilotos solicitarán su jubilación anticipada.

“Hubo varias vacantes en las compañías, entonces yo envié mis documentos a una y después de un par de semanas me llamaron para que empiece entrenando en los simuladores. Eso fue entre noviembre del 2021 y marzo de este año”, recordó Juan.

La compañía que contrató a Juan era Piedmont, una aerolínea, cuya propietaria es American Airlines. Allí, tras casi cuatro meses de preparación, hacia finales de marzo de este año completó su primer viaje con pasajeros.

Desde entonces, cuatro días a la semana, Juan hace un promedio de cuatro vuelos diarios hacia Alabama, Canadá, y una parte del este de Estados Unidos.

“Yo nunca pensé estar volando en Estados Unidos. Ahora mi meta es volar aviones más grandes, como un AIRBUS 320. Algún día quisiera venir en un avión a Ecuador y decirles que les habla su capitán, un capitán ecuatoriano”, dijo Juan. (I)

Fuente: El Mercurio

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