En mis oníricos empeños lo ví volar muy altivo, solemne, señorial,  casi tendido en el aire y haciendo apenas tenues giros con su cola y sus alas.

Mientras él volaba, yo lo seguía con los ojos de mi mente en su vuelo de “ande” en “ande” en busca de una batalla cuyos clarines eran su punto guía. Sus iridiscencias mostraban el lapislázuli de su plumaje peinado por el viento.

Sólo se detenía en las crestas andinas para reorganizar su bitácora. Silencioso y apacible pero resuelto el pájaro azul se orientaba hacia el sur.

No le detienen ni las brumas ni la llovizna ni tampoco el fragor de la batalla que se libraba en la agreste cuna de las neblinas.

Yo, continuaba tras él cautivado y hechizado por no perderle de vista. Por fin, se posó como una aureola en el morrión del soldado aguerrido y valiente en cuyo cadáver pude de cerca contemplar el azul cerúleo del ave que no abandonó a su héroe, al mulato aquel que agonizaba en las cercanías de un pueblo, aquel hercúleo Comandante al que la historia y la leyenda denominan José María Camacaro.

Por: Dr. Milton Calle Vallejo

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