Durante años nos dijeron que el agua y el aceite no podían mezclarse. Que eran incompatibles y que, por más que se intentara, terminarían separándose.
En política, sin embargo, parece que sí encontraron la fórmula.
Lo que ocurre en el escenario político nacional es una muestra de ello. Organizaciones, sectores y dirigentes que durante años parecieron separados por profundas diferencias ideológicas hoy encuentran puntos de coincidencia cuando llega la hora de disputar el poder. Y si eso ocurre arriba, en las grandes esferas de la política nacional, no debería sorprendernos que la misma fórmula termine replicándose en el ámbito local.
A medida que se acerca la jornada electoral del 29 de noviembre de 2026, comienzan a aparecer alianzas que, vistas desde la ideología, parecerían imposibles. Sectores que ayer se enfrentaban, dirigentes que se cuestionaban y organizaciones que defendían posiciones aparentemente irreconciliables hoy encuentran un punto de coincidencia.
¿Y cuál es ese punto?
Llegar al poder.
Una alianza electoral puede ser legítima y hasta necesaria cuando existe un proyecto común. Lo cuestionable aparece cuando las diferencias ideológicas pasan a segundo plano y la unión parece responder únicamente a la necesidad de sumar votos, nombres y espacios en una papeleta.
Porque entonces ya no importa tanto lo que se defendió ayer. Importa llegar.
La normativa electoral ha establecido mecanismos para ampliar la participación. Las listas deben respetar la paridad entre mujeres y hombres y, además, incorporar al menos un 25 % de candidaturas de jóvenes entre 18 y 29 años.
El objetivo de estas disposiciones es válido: abrir espacios de participación a sectores que históricamente han tenido mayores dificultades para acceder a la representación política.
Pero una cosa es garantizar oportunidades y otra muy distinta garantizar capacidades.
Una mujer no debería ser escogida únicamente porque hace falta una mujer en la lista. Un joven no debería ser incluido solamente porque se necesita cumplir un porcentaje. La participación política debe abrir puertas, pero quienes las atraviesen deberían estar preparados para asumir la responsabilidad que buscan.
El problema, entonces, no está en la ley.
Está en los partidos y movimientos que, en lugar de formar nuevos cuadros y preparar dirigentes, pueden terminar buscando nombres únicamente para completar una lista.
Y ahí aparece el candidato de ocasión: aquel que presta su nombre para llenar un espacio, acompaña una candidatura y termina convertido, si gana, en una autoridad cuya capacidad e independencia todavía están por demostrarse.
Tampoco se trata de decir que los jóvenes no tienen capacidad o que los mayores la tienen. Ser joven no garantiza incapacidad, como tampoco la experiencia garantiza sabiduría. Hay buenos y malos ejemplos en todas las edades.
La pregunta debería ser otra: ¿qué personas están realmente preparadas para ejercer las funciones a las que aspiran?
Porque llegar al poder no debería ser el objetivo final de la política. Debería ser el medio para ejecutar un proyecto y responder a las necesidades de la ciudadanía.
Y mientras se arman las listas, aparece otra escena que ya tampoco sorprende: los enemigos de ayer convertidos en aliados de hoy.
Quienes se enfrentaron en elecciones anteriores, quienes se acusaron mutuamente de representar intereses contrarios y quienes explicaban por qué el otro era la peor alternativa, ahora pueden aparecer compartiendo una misma mesa.
¿Qué cambió?
¿Cambió la ideología? ¿Cambió el programa? ¿Se superaron realmente las diferencias? ¿O simplemente cambió la conveniencia electoral?
Una alianza no necesita ser explicada por sus diferencias, sino por sus coincidencias. Y esas coincidencias deberían ser públicas, claras y comprensibles para el elector.
Porque si quienes durante años defendieron posiciones opuestas ahora deciden caminar juntos, la ciudadanía tiene derecho a saber qué proyecto los une y qué compromisos están asumiendo.
La política puede hacer alianzas. Lo que no debería hacer es pedirle al ciudadano que olvide lo que escuchó ayer simplemente porque hoy los protagonistas decidieron estrecharse la mano.
La campaña electoral todavía no comienza. El CNE estableció que se desarrollará del 12 al 26 de noviembre. Pero las señales ya están ahí.
Ya vimos cómo algunos adversarios encontraron una inesperada amistad.
Ya vimos cómo se juntaron posiciones que parecían irreconciliables.
Ya vimos cómo la necesidad de completar listas puede convertir a desconocidos en candidatos.
Ahora corresponde a los ciudadanos mirar más allá de la fotografía, del eslogan y del discurso.
Preguntar quiénes son, qué han hecho, qué saben, qué proponen y, sobre todo, qué intereses pueden estar detrás de esas alianzas.
Porque si hubo cómo mezclar el agua con el aceite, habrá que preguntarse también qué sustancia utilizaron para conseguirlo.
Ya vamos viendo.
Y seguramente veremos más.
No nos sorprendamos.


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