Margarita concluyó este viernes que llegó la hora de irse de Venezuela tras ver su negocio arrasado por ladrones que aprovecharon la oscuridad y el caos en que quedó sumido casi todo el país desde el jueves por un apagón.

“Le dije a mi esposo que había decidido irme, lo tenía pensado hace años, pero llegó la hora, anótalo”, dijo a la AFP Margarita Jardín, con el semblante roto de tanto llorar en medio del desorden de su pequeño local de impresión y fotocopiado en Bello Campo, en el este de Caracas.

A salvo de las cámaras de seguridad y sin vigilancia en el sector, los asaltantes abrieron un boquete y se llevaron una computadora, tres impresoras, la caja registradora, el punto de pago electrónico -vital por la escasez de efectivo- y chucherías (snacks). En medio de la grave crisis económica será difícil levantar el negocio familiar iniciado hace 20 años, admite la mujer de 41 años.

“No quiero dejar mi país, pero qué hago, no se puede vivir en esta desidia”, añadió esta profesora de arquitectura de una universidad pública, donde su sueldo no llega a 10 dólares.

Veintidós de los 23 estados del país sufren un apagón desde las 16:50 locales del jueves (15:50 de Ecuador), que el gobierno del presidente Nicolás Maduro atribuyó a un sabotaje de la oposición y Estados Unidos en su empeño para sacarlo del poder.

Aunque los cortes de luz son frecuentes en el país con las mayores reservas petroleras, se trata del peor apagón que sufre Venezuela en medio del deterioro de la infraestructura eléctrica.

“Otro día de atraso”

La emergencia colapsó los servicios de internet, el transporte público, el suministro de agua (amplios sectores dependen de bombas eléctricas para alimentar sus tanques por los racionamientos) y de gasolina, por lo que el gobierno suspendió la jornada laboral y las clases.

Luego de más de 21 horas de corte eléctrico, los gremios de la salud también reportaban dificultades para atender a pacientes en los hospitales.

Sin comunicación y con los celulares muertos, un grupo de vecinos de Los Palos Grandes, en Caracas, madrugó para hacer fila y recargar sus aparatos en un panel solar de una plaza pública.

“Pasamos la noche con velas, mis familiares están en la casa porque no pudieron ir a trabajar ni estudiar”, contó a la AFP Alexis Zabala, incrédulo sobre la versión de un sabotaje.

“Es mentira, ellos (el gobierno) siempre buscan a quien echarle la culpa. La razón es el mal estado de la red, la falta de mantenimiento y de inversión”, apuntó el jubilado de 62 años.

“Ojalá no pase nada grave, pero esto está muy raro”, afirmó por su parte un empleado de un hotel, abriendo campo a las suspicacias.

Las calles de la capital lucen semivacías, pues el metro salió de operación y la flota de autobuses -ya afectada por la falta de repuestos- cesó en un 90 % el viernes, según dirigentes del sector.

Rostros cabizbajos abundaban entre los transeúntes, mientras la policía brillaba por su ausencia en los cruces viales.

“Es un día perdido para todo el país; otro día de atraso”, declaró a la AFP Carlos, mientras esperaba en vano clientes para transportar en su motocicleta. Su compañero Jonathan tenía una preocupación adicional: “Estoy rezando porque lo poquito que uno tiene en la nevera no se descongele y ahí sí estamos jodidos”, sostuvo.

Ni para las velas

Judi Bello acudió a su trabajo como vigilante en un banco estatal solo “por cumplir”, pues nunca abrió las puertas. Tuvo que tomar tres autobuses y agotar el poco efectivo que tenía.

“Volveré caminando, no tengo más real (dinero). Me vine sin comida porque lo que tenía se los dejé a mis hijos”, confió Judi a la AFP, alistándose para una caminata de seis horas.

La mujer, de 42 años, debe arreglárselas con un salario mínimo que apenas le alcanza para dos kilos de carne y en breve despedirá a su hija de 18 años que emigrará a Perú, para sumarse a los 2,7 millones de venezolanos que, según la ONU (Organización de las Naciones Unidas), abandonaron el país desde 2015 debido a la peor crisis en la historia moderna de Venezuela.

Se quedará con su hijo de 13 años, aún convaleciente de una puñalada en el corazón que, cuenta, le propinó un niño de diez años para robarle sus chancletas y a la que sobrevivió gracias a las medicinas que le donó una fundación. “No tengo ni siquiera para comprar velas, están muy caras”.

Mientras técnicos de la estatal eléctrica intentan resolver la crisis en la hidroeléctrica Guri, la más grande del país, Margarita empaca la poca mercancía que le dejaron los ladrones. Y dentro de poco las maletas que la llevarán a probar suerte en “algún país latinoamericano”. (I)

Fuente: El Universo

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