Cada primero de mayo se repite la escena: discursos, consignas, publicaciones, plantones, marchas y declaraciones en defensa de los derechos de los trabajadores. Todo suena correcto. Nadie se opone. Nadie discrepa. Es, quizá, uno de los pocos consensos que quedan.
La Constitución es clara: el trabajo es un derecho y un deber social. Garantiza dignidad, remuneración justa y condiciones adecuadas. Y eso es lo que con justicia se exige en esta fecha.
Pero hay una parte que se menciona poco y se practica menos: el trabajo también implica obligaciones. Supone responsabilidad, compromiso y ética en lo que se hace.
Ahí es donde el discurso empieza a perder fuerza. Se exige puntualidad en el pago y condiciones dignas, lo cual es legítimo. Pero no siempre hay la misma exigencia en el cumplimiento. Se habla de derechos, pero pocas veces se evalúa el propio desempeño.
En algunos casos, esa desconexión responde a cómo se llegó al puesto; en otros, a una cultura que ha normalizado hacer lo mínimo. El resultado es el mismo: se rompe la relación entre lo que se recibe y lo que se aporta.
Frente a esto, también es necesario decirlo: hay trabajadores que sí cumplen. Personas que entienden su labor como una responsabilidad personal, que no necesitan presión para hacer bien su trabajo y que encuentran en el cumplimiento una forma de respeto hacia sí mismos y hacia los demás. Son quienes primero responden y luego, con coherencia, exigen.
Y hay un punto que no admite rodeos: tener trabajo hoy es un privilegio que muchos no pueden darse. En un país donde el desempleo y la falta de oportunidades son parte de la realidad diaria, conservar un empleo debería asumirse con mayor seriedad.
Mientras algunos reducen su postura a lo que pueden reclamar, hay muchos otros —capacitados, responsables— que no tienen la oportunidad de demostrar de lo que son capaces. Personas que, incluso en condiciones más difíciles, estarían dispuestas a dar más.
El problema no está en exigir derechos. El problema es exigirlos sin la misma disposición para cumplir.
El primero de mayo se ha convertido en un día para decir lo correcto. Pero debería ser también un momento para una pregunta directa: ¿estamos haciendo honor al trabajo que tenemos?
Porque en un país donde muchos darían todo por tener un empleo, exigir sin cumplir se convierte en una falta de respeto.
Por: Eloy Peralta Q.


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