ESTUPIDEZ INTELIGENTE

Hay palabras que utilizamos con demasiada facilidad. Una de ellas es estupidez. La pronunciamos para señalar al otro, como si nosotros estuviéramos a salvo de ella. Tal vez por eso resulta tan cómoda: nos permite atribuir a los demás aquello que también habita, en alguna medida, en nosotros. Pero encierra una paradoja inquietante: ¿cómo es posible que personas académicas, educadas e inteligentes puedan actuar de manera absurda, perjudicial e irracional?

Desde mi modesta interpretación, la estupidez no consiste necesariamente en no saber, sino en no utilizar adecuadamente aquello que sabemos. La inteligencia puede llevarnos a descubrir, crear y transformar; pero también puede ponerse al servicio de nuestros prejuicios, pasiones y certezas equivocadas.

Entonces ocurre algo terrible: la inteligencia deja de buscar la verdad y se convierte en instrumento para justificar el error. Lo vemos con frecuencia en la política, cuando sociedades enteras, aun conociendo la historia y sus consecuencias, vuelven a confiar en quienes ya demostraron su incapacidad o hicieron daño al país.

Quizá por eso necesitamos volver la mirada hacia la filosofía antigua. No para vivir en el pasado, sino para aprender a vivir mejor el presente. Una civilización puede avanzar extraordinariamente en ciencia y tecnología y, al mismo tiempo, retroceder en sensatez, prudencia y humanidad.

En mis sutiles lecturas encuentro una distinción griega sugerente: agnoia, el no saber; y amathia, la incapacidad o negativa para aprender. La diferencia es enorme: El que no sabe puede aprender, y, el que cree que ya sabe puede cerrar para siempre las puertas del aprendizaje. (O)


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