Concluido el cronograma anual establecido por la normativa para la presentación de los informes de rendición de cuentas, vale la pena preguntarse si este proceso realmente fortalece la transparencia o si, con el paso del tiempo, en algunos casos, se ha convertido en un simple cumplimiento formal.
La rendición de cuentas es una obligación legal y uno de los pilares de la democracia. Su propósito es transparentar la gestión pública, fortalecer el control ciudadano y permitir que la población evalúe el desempeño de quienes administran recursos públicos. Sin embargo, cuando este ejercicio se reduce a un acto protocolario, corre el riesgo de perder su verdadero sentido.
Es justo reconocer que esta no es una realidad generalizada. Existen instituciones y autoridades que asumen la rendición de cuentas como un verdadero compromiso con la ciudadanía, mantienen abiertos sus canales de información y responden oportunamente a las solicitudes de acceso a la información pública. Este análisis no se refiere a ellas, sino a aquellos casos en los que la transparencia parece limitarse al evento anual de rendición de cuentas, mientras durante el resto del año el acceso a la información resulta insuficiente, tardío o innecesariamente complejo.
Las señales son evidentes. Se organizan eventos, se cursan invitaciones, se presentan informes, se proyectan videos y se exponen cifras. En ocasiones, las preguntas son limitadas o previamente seleccionadas y el espacio termina convirtiéndose más en una exposición de la gestión institucional que en un verdadero ejercicio de diálogo y control ciudadano. Se habla mucho, pero no siempre se explica lo esencial.
El problema va más allá del acto anual. La transparencia no debería ejercerse únicamente cuando lo dispone un cronograma. Debería ser una práctica permanente. Durante el resto del año, en algunas instituciones públicas, especialmente aquellas dirigidas por autoridades de elección popular o de libre designación, el acceso a la información enfrenta obstáculos. A veces las respuestas se retrasan, se condicionan a autorizaciones de instancias superiores o simplemente no llegan. Incluso las páginas web institucionales, llamadas a ser una herramienta permanente de transparencia, con frecuencia contienen información desactualizada, incompleta o de difícil acceso.
Mientras tanto, la ciudadanía observa cómo se repite un libreto que pocas veces responde a las preguntas que realmente importan. Se anuncian obras, se detallan inversiones y se presentan resultados, pero la transparencia no puede reducirse a un acto anual ni a una pregunta —de haberla— formulada durante un evento. El verdadero ejercicio de rendición de cuentas exige que las autoridades estén dispuestas a informar en cualquier momento, cuando la ciudadanía, los medios de comunicación o los organismos de control lo requieran.
Explicar por qué se tomó una decisión, cómo se contrató una obra, si el procedimiento se ajustó a la normativa vigente, por qué se escogió una determinada oferta, si representaba la mejor alternativa para el interés público, quién fiscalizó su ejecución, qué mecanismos garantizaron la calidad de lo contratado y cuáles fueron los resultados alcanzados son respuestas que la ciudadanía debería poder conocer en cualquier momento, no únicamente durante una ceremonia anual. La transparencia no consiste en hablar una vez al año; consiste en mantener abierta la información pública de manera permanente.
La rendición de cuentas solo cumple su propósito cuando permite un verdadero control ciudadano. No basta con presentar informes o exponer cifras; también es necesario explicar las decisiones, responder a los cuestionamientos y facilitar el acceso oportuno a la información. La transparencia no se demuestra durante una ceremonia; se demuestra cada vez que una autoridad responde con oportunidad, explica sus decisiones y facilita el acceso a la información pública. Mientras ese principio no se convierta en una práctica cotidiana allí donde aún hace falta, la rendición de cuentas seguirá corriendo el riesgo de ser vista más como un ritual que como un verdadero ejercicio de transparencia.


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