Tierra Irredenta

Hurgando en los archivos históricos de Girón, hemos encontrado un libro publicado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, en el año 1961. La obra se titula Tierra Irredenta y su autor es Daniel A. Pinos G.
Con la debida autorización de su esposa, compartimos uno de los poemas que forman parte de este valioso libro, también denominado Tierra Irredenta.

Girones de sangre y tristeza,
sobre la Tierra Irredenta,
buscamos la paz entre los huracanes;
la luz; entre la tiniebla del dolor total
o alguna gota de agua pura
en el camino de erranza
de todos los peregrinos.

Buscamos… y buscamos
en versos que nunca sienten,
ni han de sentir,
quienes se han
extasiado sólo
ante un espejo…
y miran su presencia de sangre celeste junto a las estrellas…
Con minutos de luz, la vida
es una montaña de ancha niebla,
una prisión cerrada
lena de humo… y,
hay que llorar
para saber
que vivimos.

Si la vida es sol, hay que mirarla frente a frente,
con los ojos bien abiertos,
con interés perenne, clavado en las pupilas, y luego,
llorar..
llorar como Niño Eterno,
sin poder derruír los muros pétreos del camino…
sin poder tomar con las manos las minimas estrellas…
Cuando se emprende en la conquista de otros mundos.
Llorar,
buscando alivio en un pan de amor, arrancado en la noche,
de la tierra dura,
de las lomas áridas o
en el minuto irremediable de una lejana luz azul…

Amargo,
muy amargo es pensar
que tenemos que llorar siempre
con la cara frente al sol de un poniente distante.

Amargo es pensar y sólo pensar,
que el trigo ha de levantar sus brazos
regado con nuestro sudor y lágrimas,
para que lo decapite otro.
Pensar que tenemos que llorar mirando al sol
esperando
que alguien ría
en la eterna comedia de Garrik…

Pensar
que nuestros ojos
que quieren mirar
la paz,
los trigales de oro,
la lluvia sin tormenta
o un cielo azul,
siempre han de estar prontos para el llanto.

Y mirar
«que hemos venido del mismo sitio, que acabamos de llegar juntos.
que viajamos a la misma meta*
y que,
sin embargo,
nos niegan, injustamente,
el derecho al aire, a la luz, a la tierra
y que nos ahogan en nuestro propio aliento…

Vivir y llorar.
Vivir para gritar fuerte…
así…
con hombría
para que nos oiga la tormenta.

Así,
si vale la pena seguir sintiendo la vida,
aunque para seguirla llorando,
ya en la contemplación de bellos fantasmas
o en la presencia
que nunca se mira,
que nunca se comprende,
ni se quiere advertir…

Sobre la tierra -resto de los átomos nuestros— necesaria
para sufrirla
en el triángulo imprescindible —tierra, vida y llanto-
dejaremos un simple testimonio de cal y arcilla…

Sobre su corteza herida e insensible,
dejaremos,
sencillamente,
el ignorado homenaje
de nuestras lágrimas…

Vida y Tierra.
Tierra y Vida.
Tierra querida y llorada.
Vida amada por sentir su tristeza
que está en nuestra sangre.
Tierra.!
¡Cuánta pena siento sentirte irredenta…!

Tierra..
Mi grito de hoy y siempre
lleva un mensaje a tus arcanos,
a la tiniebla
y a la tormenta.

Tierra.
Buena o Mala.
Mi vida te entrego
para seguirte llorando
sin esperanza.
Para seguir gritando,
con la verdad en las manos,
con los labios más humildes,
ya
desde la espina de mi tristeza innata
o desde alguna fugaz alegría.
Ya
desde la prolongación perfecta de mi vida
o desde tu constante llamado a mi retorno…


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *